Ana María era grande. Re grande. En todos los aspectos. Era buenaza, de un corazón inmenso. Era una persona grande, y una gran persona. O, al menos, así la veía yo cuando estaba en primer grado. En aquel entonces solía ser de los primeros de la fila. El tiempo, y los cartílagos de crecimiento, me fueron llevando de a poco hasta el último lugar de la formación. Será por eso que ahora, cuando formo a mis alumnos, me gusta más quedarme detrás de ellos...
Ana María fue la primera persona adulta que recuerdo haber visto llorar. Lloró un día de emoción. Yo había faltado un mes a clase por la mononucleosis, y ella me había mandado todos los días la tarea. El día que me reintegré al aula, Ana María nos tomó un dictado: diez palabras sueltas. Diez míseras palabritas. Y yo las escribí todas bien, sin errores, sin letras mirando para el otro lado, sin comerme ni una ese. Y cuando mi vieja me fue a buscar al mediodía, y le preguntó cómo me había ido después de tantos días de ausencia, Ana María le mostró el dictado inmaculado con un felicitado en verde, y se le cayeron un par de lágrimas de la alegría. Ya sé que, ahora, visto a la distancia, un dictado es una pavada. Pero en ese momento, para mí un dictado era una tarea de gran estrés. Para la maestra no; pero Ana María le dio a ese dictado la misma importancia que yo. Y entre tantas cosas, por eso mi maestra de primer grado "Pantera Rosa" va a ser inolvidable. Porque supo valorar hasta las lágrimas el pequeño gran esfuerzo nuestro de cada día.
En segundo grado tuve a Lucía. Ella fue mi primera novia. Un flechazo en el centro del corazón, el primer día de clases de 1980. Lamentablemente Lucía nunca lo supo. Creo que, de haberlo sabido, no se hubiera casado un mediodía en la Capilla Interna del Colegio. A nosotros no invitaron. Se casó (seguramente un viernes) en horario de clase. Yo vi el casamiento, no tuve alternativa. Pero por despecho, o por entumecimiento de las piernas, lo vi desde afuera, asomado detrás de la puerta.
No recuerdo qué cosas me enseñó la señorita Lucía. A decir verdad, sé qué me habrá enseñado porque yo fui maestro de segundo grado. Pero de la señorita Lucía recuerdo su sonrisa: grande, limpia, brillante, deslumbrante, cautivante, luminosa. Jamás en la vida volví a ver una sonrisa como aquella... Hasta que, hace unos años, volví a ver a Lucía. Y mi corazoncito voló al siglo pasado, y fue -otra vez- el corazón enamorado de un nene de segundo grado, embobado con la sonrisa de su primer amor.
En tercer grado tuve la suerte de tener como maestra a Carmen. Lo último que supe de ella es que se había ido a España. No sé si volvió. No sé nada. Ni siquiera recuerdo su apellido. Sólo tengo una imagen grabada en mi memoria: ella, su guardapolvo blanco siempre bien planchado, su cabello corto, una alegría que le desbordaba los ojos, su cálido tono de voz que nos hipnotizaba, y una ternura que me resulta imposible de expresar con palabras. Creo que esa ternura sólo se puede comparar a la primera sonrisa de un hijo, o a la primera vez que con sus manitos diminutas te agarra un dedo. O al abrazo que te da un alumno cuando, el último día de clases, llora porque sabe que te va a extrañar.
Cuarto grado fue muy duro. Estela era implacable. No nos dejaba pasar una. Nos hizo trabajar en un solo año casi como lo que trabajamos en los otros seis de la Primaria. Y la cantidad de tarea que nos mandaba para casa era infernal. En aquella época se llamaban "deberes", pero eran la misma tragedia que ahora.
De Estela tengo muchos gratos recuerdos, pero quisiera centrarme en dos. Mi cuarto grado coincidió con la guerra de Malvinas, en 1982 (también con un mundial en España). Estela nos hablaba tanto de esa guerra, y de los soldados que habían ido a pelear para defender nuestra soberanía y nuestro territorio, que nosotros, sin conocerlos, los queríamos. En esos días escribíamos cartas para agradecerles a los soldados todo lo que hacían por nosotros. Y no sé si esas cartas les habrán llegado. Ni siquiera sé si alguna vez se despacharon. Pero Estela nos enseñó la importancia de pensar en el otro, de preocuparnos por los demás, de sentir el sufrimiento, el miedo, la desesperación y la angustia del otro y a hacer algo para ayudar. Y así nos preparó para nuestra Primera Comunión.
Pero recuerdo algo más de Estela. Fue en el mismo salón donde yo ahora tengo el 5ºA. Yo me sentaba en el lugar que hoy ocupa Juan Manuel. Desde el fondo, pasé al escritorio y le mostré mis deberes. Eran unas oraciones que había que ilustrar. Una oración decía: [El pez vuela sobre el océano.]. Estela me miró, después miró mi dibujo (que, obviamente, era un pez volando sobre el mar), se rió, y me dijo que mi imaginación era increíble, y que era la primera vez que leía una oración tan loca. Quizás no usó la palabra "loca", pero la idea era esa.
Yo le discutí, le dije que era cierto, que los peces que volaban existían. Y Estela me mandó a sentar con una palmadita en la cabeza.
Al día siguiente le llevé la enciclopedia, con la ilustración de un pez "volando" sobre el agua y la explicación del nombre que reciben estos "peces voladores", que se debe a que logran saltar por sobre el agua una gran cantidad de metros con el objetivo de cazar a sus pequeñas presas.
Estela miró el libro en silencio. Me lo devolvió, y con la misma palmadita en la cabeza, me pidió disculpas. Y esa fue la única vez, en mis doce años de escuela, que un mayor me pidió disculpas. Estela me enseñó que la verdadera sabiduría no está en acumular conocimientos sino en poder reconocer que hay cosas que desconocemos...
Quinto grado se complicó más porque ya teníamos dos maestras en lugar de una. Angélica era una de ellas. La misma que hoy me corre para que cierre las notas y entregue los boletines, en el '83 me corría para que entregue los deberes y devuelva mi boletín.
Angélica era severa y perfeccionista: recta como las columnas del patio. No se le escapaba una. Y en sus clases todos prestábamos atención. Quizás porque le teníamos un poco de miedo, mezclado con un respeto muy profundo. Pero también porque nos enseñó matemática con pasión. En quinto grado aprendí a amar la matemática. Después, en primer año, aprendí, en cambio, no sólo a odiar la materia, sino también a odiar a un docente. En primer año me topé con la persona más ruin que conociera en mi vida. Pero esa es otra historia...
La otra maestra era Josefina. En el colegio la habían apodado "La Lunga", porque era, quizás, la más alta de las maestras. Claro que el apodo sólo circulaba entre los alumnos por los patios y por pasillos de la Escuela, pero yo sospecho que ella sabía que la llamaban así. Supongo que el apodo, sumado a su gesto adusto, hacían de Josefina una maestra temible. Uno terminaba cuarto grado rogando al cielo que la pasaran a otro grado: "que-no-me-toque-en-quinto-que-no-me-toque-en-quinto". Hasta que te tocaba en quinto, y te dabas cuenta de que Josefina era más buena que el pan. Josefina nos retaba cuando era necesario, porque lo merecíamos. Pero lo hacía con cariño y respeto. Y es que nos habíamos vuelto un tanto revoltosos. Pudo haber sido la pubertad. O pudo haber sido Ezequiel: ese pibe era la piel de Judas. Era el único que lograba arrancarle un grito a Josefina. No sé qué habrá pasado con Ezequiel. Lo que sí sé es que a sexto, con nosotros, no pasó.
En sexto grado tuvimos a Sara. Una mujer impecable, siempre correcta, siempre elegante, siempre medida. Sara me enseñó el valor de la justicia, y la importancia de saber que alguien confía en vos. En quinto y sexto aprendimos, además, que la responsabilidad exige sacrificio y compromiso, pero deja, a cambio, una gran recompensa: la tranquilidad de saber que uno ha hecho las cosas bien.
Pero sexto fue también fundacional, porque a mitad de año se reincorporó el maestro Dante. Yo lo había conocido en la Jornada nº 36 de General Pirán. Cuando lo tuve frente a mí en el aula, el mismo tipo divertido que nos contaba cuentos o animaba nuestros juegos, o rezaba con nosotros antes de dormir, ese día, supe que quería ser maestro. Lo manifesté mucho después. Pero sin duda, Dante, la Jornada 36, y el primer día de clase después de las vacaciones de invierno de 1984, dieron origen a la vocación que Dios me regaló. Después tuve que trabajarla un poco yo, claro... Curiosamente, Dante fue mi primer amigo docente. Hoy tengo muchos amigos con quienes compartimos vocación. Pero Dante fue, para mí, maestro y amigo, todo al mismo tiempo.
Por último, Oscar y Rodolfo, los maestros de séptimo, fueron los artesanos que terminaron de moldear este cacharro de barro. Cada día de escuela era apasionante. Y ni qué decir de cada viernes por la tarde, cuando Oscar y Rodolfo nos reunían en el patio de ladrillos para juagar al fútbol y compartir un rato con ellos, pero fuera de clases, sólo por la dicha de estar juntos... Cada clase con ellos era una aventura. Jamás volví a estudiar con tantas ganas como en aquel año. Rodolfo con su libro de cuentos seleccionados y su sinfín de anécdotas cuidadosamente relatadas, y Oscar que hacía magia con los números (y hasta era capaz de partirle una escuadra -las de madera, las de pizarrón- en la cabeza a alguno para que se portara bien). Yo recuerdo que ese año sólo deseaba tres cosas: ir al Colegio para estar con Rodolfo y con Oscar, ser algún día como Rodolfo y como Oscar, y que me diera el promedio para entrar al Secundario sin tener que dar el examen de ingreso...
La vueltas de la vida, los cartílagos de crecimiento, y estos maravillosos maestros y maestras que tuve en la Primaria me hicieron maestro.
Los recuerdo a todos y a cada uno de ellos con un inmenso cariño y una gran emoción.
Si me preguntaran hoy, día del maestro, cuál es el mejor regalo que puedo recibir de mis alumnos, diría que el mejor regalo que pueden darme es aquel que no van a poder darme hasta dentro de muchos años (o quizás nunca). Pero si algún día, al menos uno de mis alumnos, logra decir de mí al menos una de estas cosas y puede recordarme con emoción y una lágrima escapándosele de un ojo, entonces sabré que mi vocación ha dado frutos, y que no fue en vano el esfuerzo...
Ana María fue la primera persona adulta que recuerdo haber visto llorar. Lloró un día de emoción. Yo había faltado un mes a clase por la mononucleosis, y ella me había mandado todos los días la tarea. El día que me reintegré al aula, Ana María nos tomó un dictado: diez palabras sueltas. Diez míseras palabritas. Y yo las escribí todas bien, sin errores, sin letras mirando para el otro lado, sin comerme ni una ese. Y cuando mi vieja me fue a buscar al mediodía, y le preguntó cómo me había ido después de tantos días de ausencia, Ana María le mostró el dictado inmaculado con un felicitado en verde, y se le cayeron un par de lágrimas de la alegría. Ya sé que, ahora, visto a la distancia, un dictado es una pavada. Pero en ese momento, para mí un dictado era una tarea de gran estrés. Para la maestra no; pero Ana María le dio a ese dictado la misma importancia que yo. Y entre tantas cosas, por eso mi maestra de primer grado "Pantera Rosa" va a ser inolvidable. Porque supo valorar hasta las lágrimas el pequeño gran esfuerzo nuestro de cada día.
En segundo grado tuve a Lucía. Ella fue mi primera novia. Un flechazo en el centro del corazón, el primer día de clases de 1980. Lamentablemente Lucía nunca lo supo. Creo que, de haberlo sabido, no se hubiera casado un mediodía en la Capilla Interna del Colegio. A nosotros no invitaron. Se casó (seguramente un viernes) en horario de clase. Yo vi el casamiento, no tuve alternativa. Pero por despecho, o por entumecimiento de las piernas, lo vi desde afuera, asomado detrás de la puerta.
No recuerdo qué cosas me enseñó la señorita Lucía. A decir verdad, sé qué me habrá enseñado porque yo fui maestro de segundo grado. Pero de la señorita Lucía recuerdo su sonrisa: grande, limpia, brillante, deslumbrante, cautivante, luminosa. Jamás en la vida volví a ver una sonrisa como aquella... Hasta que, hace unos años, volví a ver a Lucía. Y mi corazoncito voló al siglo pasado, y fue -otra vez- el corazón enamorado de un nene de segundo grado, embobado con la sonrisa de su primer amor.
En tercer grado tuve la suerte de tener como maestra a Carmen. Lo último que supe de ella es que se había ido a España. No sé si volvió. No sé nada. Ni siquiera recuerdo su apellido. Sólo tengo una imagen grabada en mi memoria: ella, su guardapolvo blanco siempre bien planchado, su cabello corto, una alegría que le desbordaba los ojos, su cálido tono de voz que nos hipnotizaba, y una ternura que me resulta imposible de expresar con palabras. Creo que esa ternura sólo se puede comparar a la primera sonrisa de un hijo, o a la primera vez que con sus manitos diminutas te agarra un dedo. O al abrazo que te da un alumno cuando, el último día de clases, llora porque sabe que te va a extrañar.
Cuarto grado fue muy duro. Estela era implacable. No nos dejaba pasar una. Nos hizo trabajar en un solo año casi como lo que trabajamos en los otros seis de la Primaria. Y la cantidad de tarea que nos mandaba para casa era infernal. En aquella época se llamaban "deberes", pero eran la misma tragedia que ahora.
De Estela tengo muchos gratos recuerdos, pero quisiera centrarme en dos. Mi cuarto grado coincidió con la guerra de Malvinas, en 1982 (también con un mundial en España). Estela nos hablaba tanto de esa guerra, y de los soldados que habían ido a pelear para defender nuestra soberanía y nuestro territorio, que nosotros, sin conocerlos, los queríamos. En esos días escribíamos cartas para agradecerles a los soldados todo lo que hacían por nosotros. Y no sé si esas cartas les habrán llegado. Ni siquiera sé si alguna vez se despacharon. Pero Estela nos enseñó la importancia de pensar en el otro, de preocuparnos por los demás, de sentir el sufrimiento, el miedo, la desesperación y la angustia del otro y a hacer algo para ayudar. Y así nos preparó para nuestra Primera Comunión.
Pero recuerdo algo más de Estela. Fue en el mismo salón donde yo ahora tengo el 5ºA. Yo me sentaba en el lugar que hoy ocupa Juan Manuel. Desde el fondo, pasé al escritorio y le mostré mis deberes. Eran unas oraciones que había que ilustrar. Una oración decía: [El pez vuela sobre el océano.]. Estela me miró, después miró mi dibujo (que, obviamente, era un pez volando sobre el mar), se rió, y me dijo que mi imaginación era increíble, y que era la primera vez que leía una oración tan loca. Quizás no usó la palabra "loca", pero la idea era esa.
Yo le discutí, le dije que era cierto, que los peces que volaban existían. Y Estela me mandó a sentar con una palmadita en la cabeza.
Al día siguiente le llevé la enciclopedia, con la ilustración de un pez "volando" sobre el agua y la explicación del nombre que reciben estos "peces voladores", que se debe a que logran saltar por sobre el agua una gran cantidad de metros con el objetivo de cazar a sus pequeñas presas.
Estela miró el libro en silencio. Me lo devolvió, y con la misma palmadita en la cabeza, me pidió disculpas. Y esa fue la única vez, en mis doce años de escuela, que un mayor me pidió disculpas. Estela me enseñó que la verdadera sabiduría no está en acumular conocimientos sino en poder reconocer que hay cosas que desconocemos...
Quinto grado se complicó más porque ya teníamos dos maestras en lugar de una. Angélica era una de ellas. La misma que hoy me corre para que cierre las notas y entregue los boletines, en el '83 me corría para que entregue los deberes y devuelva mi boletín.
Angélica era severa y perfeccionista: recta como las columnas del patio. No se le escapaba una. Y en sus clases todos prestábamos atención. Quizás porque le teníamos un poco de miedo, mezclado con un respeto muy profundo. Pero también porque nos enseñó matemática con pasión. En quinto grado aprendí a amar la matemática. Después, en primer año, aprendí, en cambio, no sólo a odiar la materia, sino también a odiar a un docente. En primer año me topé con la persona más ruin que conociera en mi vida. Pero esa es otra historia...
La otra maestra era Josefina. En el colegio la habían apodado "La Lunga", porque era, quizás, la más alta de las maestras. Claro que el apodo sólo circulaba entre los alumnos por los patios y por pasillos de la Escuela, pero yo sospecho que ella sabía que la llamaban así. Supongo que el apodo, sumado a su gesto adusto, hacían de Josefina una maestra temible. Uno terminaba cuarto grado rogando al cielo que la pasaran a otro grado: "que-no-me-toque-en-quinto-que-no-me-toque-en-quinto". Hasta que te tocaba en quinto, y te dabas cuenta de que Josefina era más buena que el pan. Josefina nos retaba cuando era necesario, porque lo merecíamos. Pero lo hacía con cariño y respeto. Y es que nos habíamos vuelto un tanto revoltosos. Pudo haber sido la pubertad. O pudo haber sido Ezequiel: ese pibe era la piel de Judas. Era el único que lograba arrancarle un grito a Josefina. No sé qué habrá pasado con Ezequiel. Lo que sí sé es que a sexto, con nosotros, no pasó.
En sexto grado tuvimos a Sara. Una mujer impecable, siempre correcta, siempre elegante, siempre medida. Sara me enseñó el valor de la justicia, y la importancia de saber que alguien confía en vos. En quinto y sexto aprendimos, además, que la responsabilidad exige sacrificio y compromiso, pero deja, a cambio, una gran recompensa: la tranquilidad de saber que uno ha hecho las cosas bien.
Pero sexto fue también fundacional, porque a mitad de año se reincorporó el maestro Dante. Yo lo había conocido en la Jornada nº 36 de General Pirán. Cuando lo tuve frente a mí en el aula, el mismo tipo divertido que nos contaba cuentos o animaba nuestros juegos, o rezaba con nosotros antes de dormir, ese día, supe que quería ser maestro. Lo manifesté mucho después. Pero sin duda, Dante, la Jornada 36, y el primer día de clase después de las vacaciones de invierno de 1984, dieron origen a la vocación que Dios me regaló. Después tuve que trabajarla un poco yo, claro... Curiosamente, Dante fue mi primer amigo docente. Hoy tengo muchos amigos con quienes compartimos vocación. Pero Dante fue, para mí, maestro y amigo, todo al mismo tiempo.
Por último, Oscar y Rodolfo, los maestros de séptimo, fueron los artesanos que terminaron de moldear este cacharro de barro. Cada día de escuela era apasionante. Y ni qué decir de cada viernes por la tarde, cuando Oscar y Rodolfo nos reunían en el patio de ladrillos para juagar al fútbol y compartir un rato con ellos, pero fuera de clases, sólo por la dicha de estar juntos... Cada clase con ellos era una aventura. Jamás volví a estudiar con tantas ganas como en aquel año. Rodolfo con su libro de cuentos seleccionados y su sinfín de anécdotas cuidadosamente relatadas, y Oscar que hacía magia con los números (y hasta era capaz de partirle una escuadra -las de madera, las de pizarrón- en la cabeza a alguno para que se portara bien). Yo recuerdo que ese año sólo deseaba tres cosas: ir al Colegio para estar con Rodolfo y con Oscar, ser algún día como Rodolfo y como Oscar, y que me diera el promedio para entrar al Secundario sin tener que dar el examen de ingreso...
La vueltas de la vida, los cartílagos de crecimiento, y estos maravillosos maestros y maestras que tuve en la Primaria me hicieron maestro.
Los recuerdo a todos y a cada uno de ellos con un inmenso cariño y una gran emoción.
Si me preguntaran hoy, día del maestro, cuál es el mejor regalo que puedo recibir de mis alumnos, diría que el mejor regalo que pueden darme es aquel que no van a poder darme hasta dentro de muchos años (o quizás nunca). Pero si algún día, al menos uno de mis alumnos, logra decir de mí al menos una de estas cosas y puede recordarme con emoción y una lágrima escapándosele de un ojo, entonces sabré que mi vocación ha dado frutos, y que no fue en vano el esfuerzo...



















